Por Jascha
jascha@despertardivino.cl
Como todos me he pasado la vida, buscando algo en la existencia que me permita entender el sentido de este caminar, no siempre alegre ni divertido y que a veces parece estar lleno de tanto afán.
Como todos, busco y busco sin hallar, hasta que por fin comprendo que no hay nada de que encontrar, pues todo lo que pudiera buscar, está allí en ese espacio infinito que es mi interior sagrado, siempre dispuesto su verdad a revelar.
A partir de ese momento, llena de alegría y plenitud, continuo mi caminar pero esta vez sin buscar, simplemente disfruto la alegría de avanzar hacia ningún lugar. En ocasiones me detengo y miro con preocupación a mis compañeros de ruta que no paran de buscar, sin comprender que no hay nada que encontrar. -Lastima por ellos, me digo, se están perdiendo la alegría de disfrutar este camino sin igual.
Pero un día, la tentación acecha, me distrae y me vulnera, -aquí afuera, me grita, -aquí afuera está eso que tanto te afanas por lograr, me detengo y le creo. Mis ojos se enfocan buscando “eso” externo que me dará tanta felicidad.
Salgo de mi interior, ilusionada y me lanzo a incursionar, al principio la promesa parece cumplirse y me llena de ilusoria y animada banalidad. No atiendo las señales, ni escucho los susurros de mi interior que me invitan a regresar, me dispongo nuevamente a experimentar el juego de la dualidad.
Subo y bajo, en un tobogán emocional. Pasa un día, pasan dos, pasa otro, ya no sé, y me comienzo a marear, se me olvida disfrutar, heridas olvidadas comienzan a supurar, intentado protegerlas, daño a otros en mi revolotear, avergonzada me detengo a reflexionar.
Pero sólo un momento, pues no soy la misma que inició su peregrinar, esa que buscaba sin parar, ya conozco ese lugar donde no hay nada que buscar. Sin deseos de detenerme a sollozar, lamiendo mis heridas, me sacudo y sin más, vuelvo a mi interior, feliz de regresar, atrás queda la dualidad. Lamento mucho si mis aleteos marchitos golpearon a alguien en mi experimentar, -lo siento, te amo, repito sin cesar.
De vuelta al hogar, despliego mis alas doradas en la conciencia que no saben dañar.
Bendigo la oportunidad que la existencia me acaba de regalar, comprender que soy una más en este caminar, humildad es el regalo que esta experiencia me da.
Quizás saldré aún muchas veces más a jugar con esa predictible dualidad, que tanto nos tiene que enseñar, pero ya no me importa, pues tengo la certeza de poseer las llaves de mi refugio personal, aquél donde habita mi divinidad.
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